El último arriero de Jericó

Hay historias que nunca llegaron a los grandes libros porque encontraron otra manera de sobrevivir. Permanecieron en los caminos, en las conversaciones de los pueblos, en los relatos de los abuelos y en las personas que todavía recuerdan cómo se hacía un oficio, cómo se cruzaba una montaña o cómo se transportaba una carga cuando las carreteras que hoy conocemos todavía no existían.

En Antioquia, una de esas historias tiene nombre propio: la arriería. Durante generaciones, los arrieros conectaron nuestras montañas transportando café, panela, alimentos, mercancías y todo aquello que necesitaba llegar de un lugar a otro. Sin embargo, su oficio iba mucho más allá de mover una carga. Había que conocer el camino, entender la montaña, interpretar el clima, cuidar los animales y, sobre todo, cumplir la palabra.

En Jericó, parte de esa memoria todavía camina.

Toño Rojas y la memoria arriera

Toño Rojas pertenece a esa clase de personajes que sobreviven gracias a la memoria oral. Su historia ha sido transmitida a través de relatos sobre la cultura jericoana y recuperada por voces como la del cuentero Jairo Esteban Giraldo, quien ha mantenido vivas historias sobre la manera de hablar, trabajar y entender el mundo de aquellos hombres que recorrieron los caminos de herradura del suroeste antioqueño.

Toño no recorría esos caminos solo. Tenía su recua y cada una de sus mulas tenía nombre: la Pizca, la Pava, el Gavilán, el Liberal, el Rucio, el Tuerto, la Mirla y la Campana. Para alguien que nunca vivió ese mundo pueden parecer simplemente nombres curiosos, pero detrás de ellos existía una relación construida durante kilómetros de montaña.

Un arriero aprendía a conocer sus animales. Sabía cómo caminaba cada uno, cuánto podía cargar, cómo reaccionaba frente a determinados terrenos y hasta dónde podía exigirle. La arriería era una relación entre el ser humano, el animal y el territorio. Ninguno podía entenderse completamente sin los otros.

También existía otra relación fundamental: la confianza.

Según los relatos sobre Toño Rojas, algunos negocios podían cerrarse con un gesto tan sencillo como hacer una cruz con los dedos. No había contratos extensos, correos electrónicos ni firmas digitales. Había una palabra empeñada y una reputación que proteger. Toño era recordado precisamente por su rectitud, su honradez y su cumplimiento.

Antes del amanecer emprendía el camino junto a su hijo Pachito. Esperaban la montaña, el frío, la lluvia y el barro, pero también esperaba alguien al otro lado. Había una carga que entregar y una palabra que cumplir.

Por los caminos viajaba mucho más

Cuando pensamos en la arriería solemos imaginar inmediatamente una mula cargada atravesando una montaña, pero reducirla al transporte sería perder buena parte de su importancia. El arriero era un conector. Conectaba pueblos, productores con compradores, campesinos con centros urbanos y territorios que, sin aquellos caminos, habrían permanecido mucho más aislados.

Por esas trochas no viajaban solamente mercancías. También viajaban noticias, historias, recetas, palabras, costumbres, herramientas y conocimientos. Viajaban café y panela, pero también maneras de preparar y consumir esos productos. La montaña estaba mucho más conectada de lo que podemos imaginar y buena parte de esa conexión ocurrió sobre el lomo de una mula.

Y por esos mismos caminos también viajaban nuestras bebidas.

Antes de que una bebida llegara a una mesa, alguien tenía que producirla y alguien tenía que transportarla. En una Antioquia atravesada por caminos de herradura, la caña, la panela, los alimentos, el café y los destilados formaban parte de una economía que avanzaba lentamente entre montañas. Cada producto llevaba consigo algo del lugar donde había nacido.

Por eso, para comprender la historia de un destilado colombiano, algunas veces necesitamos mirar más allá del alambique.

También tenemos que mirar el camino.

El origen también debería estar en la etiqueta

Jericó conserva una forma de vivir

Jericó mantiene parte de esta memoria no solamente en sus calles y construcciones, sino también en sus artesanos, campesinos, cuenteros y habitantes. Son personas capaces de recordar cómo era la vida cuando atravesar una montaña significaba algo completamente diferente a conducir durante unas horas por una carretera.

En esas historias aparece también Don Kiko, otra figura asociada a la memoria campesina de Jericó y a una frase que siempre me ha parecido extraordinaria por su sencillez: “La vida es estar aliviado y contento”. Son pocas palabras, pero contienen una manera completa de entender la existencia.

Tal vez vivir bien no siempre significa tener más. También puede significar estar tranquilo, sentirse sano, tener con quién conversar, contar con un camino para recorrer y saber que al final de la jornada podemos regresar a casa. En medio de nuestra obsesión contemporánea por acumular, acelerar y producir, aquella frase campesina todavía tiene mucho que enseñarnos.

Algo parecido sucede con el carriel. La arriería fue transformándose, pero parte de su memoria permaneció en otros oficios, entre ellos el de los guarnieleros que elaboraron durante generaciones este compañero inseparable del viajero antioqueño. El carriel no nació simplemente como un accesorio de identidad. Era una herramienta donde el arriero guardaba aquello que podía necesitar durante el camino.

Eso es precisamente lo fascinante de la cultura. No siempre permanece de la misma manera. Un oficio puede desaparecer de la vida cotidiana y sobrevivir en una palabra. Una herramienta puede dejar de ser indispensable y convertirse en símbolo. Un camino puede dejar de recorrerse con mulas y continuar contando historias.

Y una bebida también puede conservar una memoria.

Don Efra también habla de caminos

Cuando hablamos de Don Efra Tapetusa no queremos hablar únicamente de una botella. Queremos hablar de todo aquello que existe detrás de ella: la caña, la panela, el agua, la fermentación, la destilación, los campesinos, las montañas y las personas que durante generaciones aprendieron a transformar aquello que el territorio les entregaba.

La Tapetusa pertenece también a esa memoria. Para comprenderla no basta con estudiar la bebida desde su composición o su proceso de destilación. Tenemos que conocer los territorios donde estas bebidas fueron elaboradas, las personas que conservaron esos conocimientos, las conversaciones que ocurrieron alrededor de ellas y los caminos por los cuales alguna vez circularon.

Por eso existe una pregunta que cada vez me interesa más cuando hablamos de Cultura Líquida Colombiana: ¿cuántas historias puede guardar una copa?

Quizás ahí está una de las conexiones más bonitas entre la arriería y la Tapetusa. El arriero llevaba algo de un lugar hacia otro y una bebida también puede hacerlo. En ambos casos puede viajar mucho más que un producto. Puede viajar una parte del territorio, una forma de trabajar, una tradición, un conocimiento y una identidad.

Hoy no necesitamos recorrer durante días un camino de herradura para llevar una botella entre dos pueblos. Tenemos carreteras, vehículos, tecnología, comercio electrónico y nuevas formas de distribución. Sin embargo, existe algo que no deberíamos perder con toda esa eficiencia: la curiosidad por saber de dónde vienen las cosas que consumimos.

Cuando conocemos el origen, cambia nuestra relación con el producto. La bebida deja de ser solamente una bebida y comienza a tener contexto. Y cuando aparece el contexto, también podemos reconocer y valorar a las personas que existen detrás.

La memoria también necesita caminos

Por eso hablar de Toño Rojas, Don Kiko, los guarnieleros y los caminos de Jericó no significa simplemente sentir nostalgia por una Antioquia que ya no existe de la misma manera. Significa preguntarnos qué estamos haciendo con aquello que todavía permanece. Qué conocimientos estamos transmitiendo, qué oficios desaparecerán si dejamos de escucharlos, qué sabores perderemos si dejamos de preguntar por su origen y cuántas historias siguen esperando en nuestros campesinos.

Don Efra nació como un homenaje a mi padre. Con el tiempo entendí que la memoria de una persona puede conectarse con una memoria mucho más grande. La de un territorio, la de una bebida, la de quienes aprendieron a fermentar y destilar, la de los campesinos que trabajaron la tierra y la de aquellos hombres que recorrieron las montañas cuando la palabra todavía era parte fundamental del equipaje.

Quizás esa sea la verdadera función de la memoria. No permitir que las historias se queden quietas. Hacerlas caminar, pasarlas de una generación a otra y encontrar nuevas maneras de contarlas para que continúen teniendo sentido en el presente.

Algunas sobreviven en un relato. Otras en un oficio, un objeto o un camino.

Y algunas veces también podemos servirlas en una copa.

Don Efra Tapetusa. Una historia que sigue caminando.

¿Qué historia de Antioquia recuerdas que merezca seguir caminando? Puede ser una persona, un oficio, una bebida, un camino, un lugar o una tradición.

Tapetusa Don Efra

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